Opinión, por Carlos Rodríguez Braun

Los políticos insisten en que ahora que la economía española crece, es el momento de subir los salarios, para “repartir el crecimiento”. Así ha sido interpretado el acuerdo firmado recientemente por los sindicatos y la patronal, que contempla una subida de salarios del 2 %, más otro 1 % variable, e incluye también el aumento de los salarios más bajos hasta los 1.000 euros mensuales por catorce pagas.

Nadie en su sano juicio puede lamentar que mejoren las retribuciones de los trabajadores, pero creer que esa mejoría se debe a acuerdos corporativistas o a medidas políticas y legislativas es una fantasía. El crecimiento de los salarios se basa en la productividad del trabajo: si ésta no aumenta, los intentos de elevar los sueldos mediante negociaciones y leyes rara vez darán un buen resultado colectivo.

Carlos Rodríguez Braun.
Carlos Rodríguez Braun.

En consecuencia, conviene facilitar la acción de los trabajadores y los empresarios, bajando los impuestos y removiendo los obstáculos que la legislación impone a sus actividades y negocios. Desgraciadamente, no son esos los vientos que soplan, sino más bien los contrarios, puesto que el acuerdo firmado apunta a revertir la flexibilización laboral lograda en los últimos años.

Políticos, sindicalistas y dirigentes empresariales pretenderán colgarse medallas por el llamado “diálogo social”, pero no está nada claro que una mayor rigidez vaya a beneficiar al empleo. Es posible, en cambio, que las subidas salariales no tengan un coste alto en términos de contratación, primero, porque los salarios se han contenido en la crisis, y, segundo, porque el horizonte inflacionario es mayor que antes.

Lo de “repartir el crecimiento” es una antigua falacia que nos remonta al gran economista inglés John Stuart Mill, que la planteó por primera vez en sus Principios de 1848. En realidad, la economía no crea primero riqueza y después la distribuye, sino que la distribuye cuando la crea. Por eso las personas más productivas ganan más que las menos productivas, y los empresarios que satisfacen mejor las necesidades de sus clientes ganan más que los que no lo hacen.

Actuar como si la riqueza se creara y estuviera allí, lista para que los políticos y los grupos de presión la repartan, acarrea el grave peligro de conspirar contra su crecimiento y, por tanto, contra el bienestar de todos.


Distribute growth

Carlos Rodríguez Braun

Politicians insist that now that the Spanish economy is growing, it is time to increase salaries, in order to “distribute growth”. This was the interpretation of the agreement signed recently by trade unions and employees, which includes a rise in salaries of 2%, plus another 1% variable rise, and it also includes an increase of the lowest salaries up to 1,000 Euros per month in fourteen payments.

Nobody in their right mind could complain about an improvement to the payments of workers, but believing that this improvement is due to corporate agreements or political and legislative measures is a fantasy. The rise in salaries is based on the productivity of work: if it does not increase, the attempts to raise salaries through negotiations and laws will rarely lead to a good collective result.

Consequently, it is advisable to facilitate the action of workers and business people, by lowering taxes and removing the obstacles that legislation places on their activities and businesses. Unfortunately, this is not the way things are heading, rather it is the opposite, given that the agreement signed looks to reverse the working flexibility achieved in recent years.

Politicians, trade unionists and business leaders will seek to take credit for the so-called “social dialogue”, but it is not at all clear that greater rigidity will benefit employment. On the other hand, it is possible that salary rises will not have a high cost in terms of recruitment, firstly, because salaries were contained in the crisis, and, secondly, because the inflationary prospects are higher than before.

“Distributing growth” is an old fallacy that takes us back to the great English economist John Stuart Mill, who first proposed it in his Principles of 1848. In reality, the economy does not first create wealth and then distribute it, but rather it distributes it when it creates it. That is why more productive people earn more than those who are less productive, and the business people who best satisfy the needs of their customers earn more than those who do not.

Acting as if wealth was created and was there, ready for politicians and pressure groups to divide it out, leads to the serious danger of conspiring against its growth, and therefore, against the wellbeing of everyone.