Opinión Braun
Opinión Braun

No es un problema de colores políticos, y no es exclusivamente español. Sabemos que en otros países también se han producido episodios en los que algunos políticos han sido descubiertos engañando en la formación académica que decían ostentar, sea porque no la tenían en absoluto o porque la habían conseguido por vías irregulares, por ejemplo, plagiando sus tesis doctorales o recibiendo un trato de favor por parte de las universidades.

La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué se arriesgan las autoridades de forma tan temeraria a perder todo su prestigio y a arruinar sus carreras si tales maniobras son desenmascaradas?

Sospecho que la respuesta no nos remite tanto al rey-filósofo de Platón como a un fenómeno mucho más reciente, que tiene que ver con la hipertrofia de los Estados modernos, incomparablemente más grandes y onerosos que cualquier sistema político del pasado.

En nuestros Estados actuales, la política es demasiado absorbente, y ofrece oportunidades laborales suficientemente tentadoras, como para que sus protagonistas puedan dedicarse con intensidad a mejorar su formación. Y, al mismo tiempo, unos Estados tan voluminosos suelen legitimarse alegando que la política es un asunto técnico, es decir, un asunto que requiere a los mejores profesionales. Como esta contradicción es insoluble, algunos caen en la tentación de hacer trampas para resolverla de forma disfrazada.

Estos laberintos en los que se pierden algunos gobernantes podrían tener una salida que conserve su honor y no quebrante los derechos de los ciudadanos. Se trataría de reconocer que la política no es un tema principalmente técnico, y los mejores mandatarios no son los profesores más sabios, eruditos y geniales. El mejor ministro de Economía no debe ser Premio Nobel. Y el mejor ministro de Sanidad no debe ser el mejor cirujano. Lo que los políticos deben tener, sobre todo, no son doctorados sino principios. Por ejemplo, el principio de no mentir en sus titulaciones académicas.

Si esa sinceridad se combinara con la modestia de reconocer las fronteras de la inteligencia humana, podría potenciarse el principio político más importante para los derechos del pueblo, a saber, el principio de que la libertad no depende de la sabiduría de los poderosos, porque no depende de la forma del poder, sino de sus límites.


Learned politicians

Carlos Rodríguez Braun

It is not a problem of political colours, and it is not solely a Spanish issue. We know that in other countries there have also been episodes where some politicians have been found to be deceitful about the academic qualifications they claimed to hold, either because they did not have them at all or because they had obtained them via irregular means, for example, by plagiarizing their doctoral theses or by receiving favours from universities.

The question is: why? Why do the authorities so recklessly risk losing all of their prestige and ruining their careers if these manoeuvres are revealed?

I suspect that the response takes us back to the philosopher king Plato as much as it is a recent phenomenon, that relates to the hypertrophy of modern States, that are incomparably larger and more burdensome than any political system of the past.

In our current States, politics is too absorbing, and it offers work opportunities that are sufficiently tempting, for example the fact that its protagonists can intensely devote themselves to improving their education. And, at the same time, such large States normally seek to legitimise themselves by asserting that politics is a technical affair, one that requires the best professionals. As this contradiction is insoluble, some give in to the temptation to cheat in order to resolve this issue in a disguised way.

These labyrinths that some politicians lose themselves in could have a way out that maintains their honour and does not violate the rights of citizens. This would involve acknowledging that politics is mainly not a technical issue, and that the best rulers are not the most learned, erudite and amazing professors. The best Economy minister does not need to be a Nobel Prize winner. And the best Health minister does not need to be the best surgeon. What politicians need above all is not doctorates, but rather principles. For example, the principle of not lying on their academic qualifications.

If that sincerity was combined with the modesty of acknowledging the frontiers of human intelligence, it would be possible to strengthen the most important political principle for the rights of the people, namely, the principle that freedom does not depend on the wisdom of the powerful, because it does not depend on the form of power, but rather its limits.