El Gobierno y sus aliados preguntan: ¿cómo es posible que perdamos respaldo en las urnas cuando la economía va bien?

Es verdad que Pedro Sánchez ha concitado críticas por motivos ajenos a la economía, desde la amnistía para los líderes separatistas catalanes hasta diversos casos de posible corrupción que afectaron a antiguos miembros de su gabinete ministerial y dirigentes de su partido, y hasta a su propia mujer. Cabe sospechar que todo ello puede recortar su popularidad, independientemente de la realidad macroeconómica.

Limitándonos a dicha realidad, lo que sabemos a estas alturas del año es que la economía, efectivamente, va mejor de lo esperado, y mejor que otros países europeos, como Alemania.

Al mismo tiempo, también se comprende la aparente paradoja de que los ciudadanos no terminen de apreciar la bondad de la situación económica. Veamos cuatro importantes preocupaciones de la gente: el nivel de vida, el empleo, la vivienda y los impuestos.

Los españoles no estamos en términos reales, es decir, descontada la inflación, mejor que antes. La realidad del empleo ha sido distorsionada por los llamados “fijos discontinuos” y el aumento de los empleados públicos. El encarecimiento de la vivienda es continuo, y las medidas políticas no solo no lo resuelven, sino que lo agravan. La subida de los impuestos es apreciable, y la recaudación ha aumentado considerablemente, por la negativa del Gobierno a deflactar la tarifa del IRPF.

Todo indica, pues, que la prosperidad ha recaído en el sector público a costa del sector privado y del conjunto de los contribuyentes. La clase media española, las empresas medianas y pequeñas, y en especial los trabajadores autónomos, tienen motivos para quejarse.

No sabemos cómo se traducirán los bolsillos de la gente en las urnas a la hora de votar, pero no cabe descartar que influyan en alguna medida.

En las elecciones presidenciales norteamericanas de 1992, el consultor y analista político James Carville, asesor de la campaña que llevaría a Bill Clinton a la Casa Blanca, acuñó un eslogan que tendría un gran éxito: “es la economía, estúpido”. Los americanos vieron en sus bolsillos que la economía no iba bien, y Clinton derrotó a George H.W.Bush