Las campañas electorales se parecen a una subasta, en la que los candidatos intentan conseguir el voto de los ciudadanos ofreciéndoles a cambio propuestas seductoras.
Estas propuestas parecen depender no solo de las inclinaciones ideológicas de cada partido sino de la fortaleza de su posición en las encuestas y de la posibilidad real de gobernar.

Carlos Rodríguez Braun

Carlos Rodríguez Braun

Así, vemos al Partido Popular más cauteloso que los demás. De hecho, los rivales de la izquierda le reprochan su pasividad, y Pedro Sánchez acusó a Alberto Núñez Feijóo de “no tener nada que ofrecer a la sociedad española”. Lo que sucede es que el PP cuenta con mejores posibilidades en las próximas elecciones, en mayo y en diciembre, y le conviene cuidar sus promesas. Los ciudadanos verán pronto si puede cumplirlas, lo que no será fácil, primero, porque Feijóo deberá ganar las elecciones generales, y después, si las gana, tendrá que lidiar con la herencia de la administración Sánchez.
En el otro extremo está la izquierda populista y comunista, que plantea recomendaciones tanto más absurdas y antiliberales cuanto peor sean sus estimaciones de voto.
El PSOE se ubica en una posición más moderada, porque es un partido de gobierno, que de hecho ha gobernado en España más que ningún otro, pero al mismo tiempo teme que su ciclo se agote en 2023, y que los relativamente buenos resultados económicos no compensen los demás aspectos negativos de su gestión. De ahí que Sánchez prometa muchas más cosas de lo que haría si sus perspectivas fueran diferentes. Su entusiasmo ha llegado a borrar la distinción entre partido y Gobierno, y Sánchez se ha dedicado a anunciar en mítines electorales las medidas que adoptará el siguiente consejo de ministros.
Pero, en el fondo, todas las subastas electorales son engañosas, y no solo por las ficciones que pregonan los candidatos. En realidad, no son subastas en absoluto. La clave de la subasta es que quien ofrece una cosa sea su propietario, y haya pagado por ella con su dinero. En política esto nunca es así, y todos los políticos pretenden “comprar” el voto de los ciudadanos con el dinero de esos mismos ciudadanos.

Misleading electoral auctions

Electoral campaigns are like an auction, at which candidates try to obtain the vote of citizens in exchange for offering them seductive proposals.
These proposals seem to not only depend on the ideological inclinations of each party, but rather the strength of their position in the surveys and the actual possibility of governing.
Thus, we see the Partido Popular being more cautious than the others. In fact, rivals on the left reproach their passivity, and Pedro Sánchez accused Alberto Núñez Feijóo of “not having anything to offer Spanish society.” The case is that the PP has the best options at the upcoming elections, in May and December, and finds it advisable to watch what it promises. Citizens will soon see if it can fulfil them, which won’t be easy, first, because Feijóo will have to win the general elections, and then, if he wins them, he will have to battle with the legacy of the Sánchez administration.
At the other extreme is the populist and communist left, which proposes more absurd and anti-liberal recommendations the worse their estimated share of the vote is.
The PSOE is in a more moderate position, because it is a party in government, in fact it has governed in Spain more than any other, but at the same time it fears that its cycle will run out in 2023, and that the relatively good economic results will not compensate other negative aspects of its management. Hence why Sánchez is promising many more things than what he would do if his prospects were different, His enthusiasm has ended up blurring the distinction between party and Government, and Sánchez has spent his time at election rallies announcing the measures that he will adopt at the next cabinet meeting.
However, ultimately, all electoral auctions are misleading, and not only because of the lies that the candidates preach. In fact, they are not auctions at all. The key to an auction is that the person offering something is its owner and has paid for it with their money. In politics that is never the case, and all politicians aim to “buy” the vote of citizens with the money of those same citizens.