• Su vuelta final, coronada con birdies al 17 y 18, le lleva a su primera victoria en un Grande

Nunca un español había ganado el US Open, y lo ha hecho Jon Rahm ofreciendo un espectáculo maravilloso en la jornada final culminado por dos birdies que ya forman parte de nuestra historia, con una ronda final absolutamente memorable coronada con dos birdies al alcance de muy pocos golfistas, y no sólo de su tiempo.

La ronda final de Jon en Torrey Pines -¡caray, cómo se le da este campo!-, fue de un disfrute maravilloso para el aficionado parcial. Para el español y para todo aquel que se identifica con la ambición bien entendida de este chicarrón de 26 años que hace algo más de una década dejó su Barrika natal para emprender en la Escuela Nacional Blume de Madrid un viaje maravilloso.

Jon Rahm

Jon Rahm . Foto: PGA Tour

Jon Rahm, que salía a tres golpes de un trío compuesto por Mackenzie Hughes, Russell Henley y el más reputado de todos, el sudafricano Louis Oosthuizen, arrancó su vuelta como debe hacerlo un aspirante con ganas de baile: con dos birdies en los dos primeros hoyos. Dos hierros maravillosos le regalaron esas dos primeras opciones de birdie que no dejó escapar. Luego llegaron un bogey al 4, el único de su ronda, y otro birdie al 9. Para entonces ya estaba más que asentado en un vagón de cabeza del que se fueron bajando Brooks Koepka (-2) o Rory McIlroy (-1), lastrado por una secuencia bogey-doble bogey en el 11 y 12 de la que no se recuperó.

Ya situados en el escenario, vayamos al momento estelar de la madrugada en España, esas dos obras de arte de Jon Rahm en los hoyos finales, en ese tramo en el que los nervios agarrotan las manos. A los mortales, decimos, porque Jon no acusó ni un ápice esa presión; todo lo contrario, se creció hasta multiplicar por dos sus 188 centímetros. O por tres. En el 17 se dejó un putt en ligera caída que resolvió con una caricia sutil que enloqueció al personal casi tanto como a él mismo, que lo celebró con rabia. No era para menos: con ese birdie se situaba en -5 y daba caza en la cabeza a un Louis Oosthuizen que tras atesorar dos golpes de renta comenzaba a sufrir.

Minutos después y tras pasar por búnker, Jon Rahm completaba su gran vuelta de 67 golpes (las tres anteriores fueron de 69, 70 y 72 golpes) con otro putt de unos seis metros que hacía estallar a la grada principal que rodeaba el 18. Jon, puño en alto y ojos inyectados en sangre, sabía que su trabajo ya estaba hecho (y maravillosamente hecho). Solo quedaba ir a casa club, pegarse a la tele y esperar con Kelley y el pequeño Kepa, que aguardaban a pie de green junto a su padre Edorta (¿se les ocurre una manera mejor de celebrar el Father’s Day americano?).