Salir a navegar entre amigos es uno de los grandes placeres de la vida. En alta mar, rodeados de calma, encontramos el escario perfecto para descorchar un par de buenos vinos: Dos Marqués de Riscal, un aromático Sauvignon blanc y un blanco fermentado en barrica, Limousin. Dos botellas de lujo que convierten la jornada en una aventura sensorial.

Despierta un estupendo día para navegar en Sotogrande. El levante sopla en calma aportando una brisa fresca, pero sin apenas oleaje. Salimos al mar para disfrutar de la belleza del Estrecho; de las vista a África, del saltar de los delfines al compás de nuestro paso.

Tras un largo rato disfrutando del océano, los anfitriones del barco deciden que es la hora del aperitivo. La cubierta se llena de deliciosos canapés a base de marisco y pasta. Para acompañarlos, eligen un Marqués de Riscal Sauvignon Blanc. Descubrimos al catarlo un blanco de gran intensidad aromática, perfecto para tomar antes de la comida.

En boca deja una sensación fresca y aromática de final limpio y persistente que nos sorprende. Decidimos analizarlo un poco, descifrar alguno de los muchos secretos de este vino de color amarillo pálido con reflejos verdosos. En nariz observamos notas de hierba fresca, un fondo mineral que le da personalidad y abundante fruta fresca como cítricos, piña o melón. Nos encanta y alargamos el aperitivo solo por el placer tomar este gran blanco.

A mitad de camino deciden fondear para darnos un baño. Tras refrescarnos, llega el momento del almuerzo. La mesa nos recibe con unos deliciosos filetes de besugo en salsa verde fría con verduras a la plancha. Un plato idóneo que coronan descorchando un verdejo de altura: Un Marqués de Riscal Limousin cosecha del 2009.

Su color dorado pálido nos invita a tomarlo con calma para disfrutar de su complejidad y elegancia, de sus notas en nariz de vainilla, flores y ligeros toques de hinojo y hierbas de monte bajo. En boca percibimos un blanco untuoso, con un fondo de lías finas, frutos secos y notas de madera tostada. Ideal para el pescado; perfecto para un día en alta mar.

El sabor de un gran vino, la buena compañía y el escenario idílico que aporta el Estrecho convierte la jornada en un gran banquete de sensaciones en alta mar. Aprovechamos el día hasta caer la tarde y, tras ver la puesta de sol, volvemos a puerto con ganas de repetir. Sin duda, la experiencia ha sido inolvidable.