Las campañas electorales evocan la competencia de oferentes en busca de demandantes. Los políticos parecen vendedores en un mercado, voceando las excelentes cualidades de sus productos, y los votantes parecemos clientes que buscamos y compramos lo que más se ajusta a nuestras necesidades.

Pero la política es distinta del mercado. Aunque somos las personas las que actuamos en los dos ámbitos, en el mercado somos los protagonistas exclusivos, como subraya el premio Nobel de Economía, James Buchanan: “En la elección del mercado, el individuo es el ente que actúa o elige, y también el ente para el cual se realiza la elección. En los votos, el individuo es el ente que actúa o elige, pero la colectividad es el ente para el cual se toman las decisiones”.

Carlos Rodríguez Braun

Además, en nuestras decisiones en el mercado no interferimos con los derechos y libertades de los demás: rara vez sucede que si usted compra una cosa, nadie más puede comprarla. El mercado, así, respeta a las minorías, pero en la política los que pierden las elecciones comprueban que sus preferencias son avasalladas por las preferencias vencedoras.

Al contrario del mercado, en las elecciones políticas el número de opciones es muy reducido, y a menudo los ciudadanos no eligen lo que desean sino lo que consideran el mal menor. Esa situación es inconcebible en la economía: imagínese que en Sotogrande sólo pudiéramos comprar cuatro o cinco cosas, nada más, y nos obligaran a elegir la menos mala.

Asimismo, como en el mercado elegimos bienes tangibles, y en las urnas votamos puras expectativas, la tentación de los políticos de engañarnos, y la posibilidad de hacerlo —típicamente, ocultando los costes de lo que nos prometen—, son mayores.

¿Y qué va a suceder en las próximas elecciones? Pues ahí observamos otra diferencia entre los votantes y los clientes. Cuando compramos algo en un mercado, tenemos en general una idea clara de lo que hemos comprado: sabemos que es pescado y no vino. Pero en política solo sabemos realmente lo que votamos cada uno de nosotros, y nadie es capaz de anticipar con precisión lo que votarán los demás. La gente puede votar de forma imprevista y sorprendente. Lo saben bien nuestros amigos del Reino Unido.