Capitaneados por Rafael Ruíz Isla, Director del Aula Marqués de Riscal, nos adentramos en el mundo de los maridajes. Exploramos sus secretos en busca de esa fusión perfecta entre comida y vino que haga de nuestra cena una auténtica experiencia sensorial.

La Revista de Sotogrande viaja a la ciudad del vino para aprender de maridajes. Nada mejor que hacerlo en un lugar como las Bodegas de Marqués de Riscal. En Elciego (Álava), rodeados de viñas, de aromas, de cultura en torno al vino. Rafael Ruiz Isla nos recibe en la terraza del restaurante para charlar sobre el complejo mundo del maridaje. Para hacerlo, se acompaña de un suculento banquete gastronómico y una buena selección de algunos de los vinos  de la bodega. Nada de teoría: mejor práctica.

Antes de empezar, Ruiz Isla nos explica que un maridaje es la unión de un plato y un vino para que ambos se mejoren. Con esta escueta introducción nos sentamos a maridar.

Comenzamos la experiencia con un champagne: Un Laurent – Perrier Brut. Su color oro pálido y su delicado aroma es toda una sorpresa. Frescura y ligereza son las notas de la primera impresión. Un vino redondo y expresivo, con gran persistencia y equilibrio de sabores. El maridaje propuesto es un delicioso foie mi–cuit. Al combinarlo, descubrimos el porqué de un buen maridaje. El contraste del dulce del champagne y el amargo del foie es fascinante. La acidez del vino libera nuestras papilas del toque graso del plato proporcionando una sensación placentera.

El primer plato llega con un blanco de lujo: un Finca Montico.  Mientras nos sirven, Rafael Ruiz nos cuenta que estamos ante un Rueda Verdejo de viñas de cierta edad. Con la copa llena, el experto nos desvela la regla de oro de un maridaje: buscar elaboraciones de similar intensidad y jugar con los sabores hasta llegar a la combinación perfecta.  Salado y dulce; amargo y amargo; ácido y dulce…, las alternativas son muchas y dependen del gusto.

Para que lo entendamos, se centra en el Finca Montico. Al probarlo, descubrimos un vino con mucha estructura e intensidad, y con un sabor muy potente: graso.  Lo acompaña en la mesa un besugo al horno con patatas. Al degustar el plato, comprendemos de lo que nos habla. La mezcla de dos sabores grasos tiene en boca un resultado delicioso.

Mientras acabamos el primer plato, charlamos sobre la importancia de la vista en los maridajes. “No hay que olvidar que se come con los ojos”, comenta Isla. “Un plato bien presentado, que vaya a juego con los cromatismos del vino, es otro tipo de maridaje, aunque, esto, es algo secundario”, comenta el especialista.

Llega a la mesa el segundo plato. Una elaboración, sin duda, contundente. Una receta de corzo con boletus. El sumiller descorcha un tinto. Concretamente, un Barón de Chirel, uno de los vinos estrella de las Bodegas Marqués de Riscal. No tardamos en catarlo y descubrir otro maridaje perfecto. El poderoso sabor del plato de caza combina como anillo al dedo con este tinto de color cereza oscuro, vivo, sin apenas signos de evolución. Un vino de intensidad aromática alta, donde destacan los tostados y especiados aportados por el roble francés, junto a notas de fruta negra madura. En boca es fresco y untuoso, con taninos suaves y pulidos donde la madera está muy poco presente. Complejo y elegante, con un final largo y equilibrado. El compañero ideal para una comida de la fuerza de un corzo.

La experiencia está siendo sensorial. Alargamos la cita al máximo. Conversando sobre el tema; hablando de aromas, de sabores, de gustos en general. Descubriendo la subjetividad de un maridaje. Disfrutando al máximo del placer de una buena combinación y comprendiendo alguno de los muchos secretos de un mundo, el de los maridajes, que se nos antoja fascinante a la par que incombustible.